El tacto: Nuestra mano derecha

El Tacto: Nuestra mano derecha – II Parte.

 

Imagen de una mano leyendo un libro en braille

 

Continuando con la serie de cinco sentidos y su uso e influencia sobre las personas con discapacidad, seguimos con el tacto, que ya tocamos anteriormente, aunque ahora voy a especificar el modo de  los ciegos de sacarle ventaja.

Ya dije que, a diferencia de lo que ocurre con la vista o el oído, que cuando dejan de funcionar pasan a un segundo o tercer o quinto plano para quienes sufren de sus carencias, el tacto es fundamental para nosotros, ciegos o casi ciegos. Como sentido que más nos acerca la realidad, repetiré que es una actitud explotada a la potencia de aptitud, una cualidad que nos sirve y ayuda y guía en el campo del aprendizaje, el lenguaje,  la coordinación, la memoria, la inteligencia espacial e incluso en la comunicación social. Pero ahora viene la pregunta del millón:

¿Cómo funciona el tacto para un invidente?

Basta con tocar con la mano, el pie o la nariz o cualquier otra parte del cuerpo, para que las terminaciones nerviosas se pongan en funcionamiento y empiecen a recoger información de lo que estamos notando, todo ello a través de las diferentes sensaciones que nos produce dicho contacto en cuestión. Pero del funcionamiento neurológico del tacto no voy a hablar (uff, quita, quita), que no estamos en clase ni yo soy ninguna profesora, (¡ay!) y aquí aquí y aquí ya corren bastante tinta digital sobre eso.

No. La importancia del tacto para todo invidente que se preste reside en que nos permite ver sin mirar el entorno que nos rodea, componer imágenes no visuales en el que acomodamos los objetos y personas que tocamos. Dejando atrás las implicaciones nerviosas y neurológicas y los tecnicismos sensoriales, casi se diría que el tacto es cosa de magia para quienes no ven, al hacer brotar un mundo entero con solo la punta de los dedos.

Un contacto que da cercanía.

El tacto es adaptación e integración para un ciego o un sordociego o una persona con poco resto visual, es la más relevante de las llaves que usamos no solo para comunicarle al mundo que seguimos aquí, al pie del cañón, sino también para aprender, profundizar, conocer y explorar sin que los demás se enteren siquiera que justo eso estamos haciendo.

Sin ir más lejos, cuando alguien de la calle nos ofrece su ayuda para cruzar o llegar a una tienda en concreto. Nos da la mano o el brazo, y mediante ese simple y corto contacto nuestro cerebro empieza a analizar: si es hombre o mujer (aun cuando no diga nada) si es gorda o flaca (por el tamaño de la mano o el grosor del antebrazo) si ha tenido / tiene un trabajo más arduo, pues lo rugoso o seco de sus palmas lo delatan. Incluso puede llegar a transmitirnos más confianza mediante el agarre, según el grado de tensión del brazo que nos ofrece, los centímetros de distancia que marca o no con la ayuda ofrecida. A veces hasta puede chivarnos su religión: cuando ves a alguien, en pleno verano, con una tela gruesa y de manga larga tu cerebro hace clic clic clic. Y no es que todos esos detalles sean buenos o malos; solo son una información extra que sacamos en apenas segundos, sobre alguien que entra en nuestro radar de tacto visual.

Y es que, para quienes no ven o ven mal, el tacto es un sentido muy familiarizado con el concepto de crecimiento, pues nunca deja de estar alerta, en guardia, listo para prestarse como un ojo ocular que recaba información.

El tacto: una inteligencia espacial.

La inteligencia espacial. Suena bonito, elegante, delicado, aunque no deja de ser la capacidad para percibir el mundo en detalle mediante imágenes mentales de lo que nos rodea, nada más y nada menos; dicho de otra forma, es el mapa, personalizado y sensitivo, con el que reconocemos detalladamente los objetos a nuestro alcance.

El tacto no es un simple aliado de un ciego. Es el punto más relevante con el que le toma el pulso al mundo, el peldaño básico y elemental en el escalón de los recursos con los que cuenta para su vivencia y supervivencia. Un acceso directo a la sociedad, una vía para relacionarse eficazmente. Es, en suma, su mano derecha, y nunca mejor dicho, al depender total y completamente de él.

Tocando, llegamos a conocer de qué cualidades se componen las cosas que tenemos al alcance. Saber cómo está situado un objeto (inclinado, torcido, recto) su textura (duro, suave, blando, áspero, rugoso) su tamaño (grande, pequeño, mediano) su temperatura, presión, su material, si es liso o si por el contrario pincha… el tacto nos permite diseccionar sin incisión lo que estamos palpando.

Curiosidades: ¿Qué cosas hacemos los ciegos a través del tacto?

Desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir, tocar es lo primero y lo último que hacemos. No a cada minuto, sino a cada nanosegundo usamos las manos para recibir información de cuanto nos rodea. Desde palpar los puntos y leer en braille hasta distinguir las teclas y escribir en el ordenador, desde localizar el botón correcto para cambiar de canal en el mando de la TV hasta diferenciar la tarjeta del bono de transporte público de la tarjeta del banco; incluso diferenciar una moneda de otra o un billete de otro. Tocar para ver, tocar para creer, tocar para saber… es la acción más repetida y automática que hace un ciego a lo largo del día.

Gracias al tacto, somos capaces de escoger la ropa que nos vamos a vestir, palpando la tela y material, distinguiendo su modelo, buscando la marca específica que le hemos puesto para saber su color y poder combinarlo correctamente (si es que no lo recordamos mentalmente, claro). También nos valemos de él para planchar. Nos guiamos por la cantidad de calor que emana la plancha para saber dónde, exactamente, está el foco de calor que tenemos que evitar; con cuidado y sin quemarnos, planchamos un poco y nos detenemos otro tanto para tocar y comprobar si han empequeñecido y finalmente desaparecido las arrugas de la camisa o sábana o el pantalón de turno.

La verdad es que también es nuestra mejor guía a la hora de maquillarse y ponerse presentable, controlando la medida justa de colorete y sombra y rímel y pintalabios, sin acabar más pintadas que una puerta. Además, gracias a él, podemos usar el bastón blanco que nos advierte de los obstáculos más gordos de la calle, o agarrar la correa del perro guía (si lo tenemos). Tocando, localizamos la mancha o pegote y frotamos hasta dejar el plato inmaculado, y todo sin tener que frotar a lo loco y a lo ciego (¡anda, nunca mejor dicho!).

De hecho, lo necesitamos también para cocinar, aun cuando el olfato sea más aliado en esta tarea. Sin meter la mano (que no estamos locos y no es plan de comer dedo a la parrilla) con el tacto podemos notar el punto exacto de blando de unas cebollas al sofrito, verificar que los granos de arroz han pasado de duros a blandos después de hervirlos a tiempo justo, saber cuándo unas croquetas tienen esa corteza frita y crujiente que indica que ya se pueden zampar, o distinguir la capa ligeramente resistente del queso fundido de una lasaña al horno.

E incluso podemos llegar a evitar charcos de agua con el bastón.

Vale, aquí no voy a generalizar. Sé que yo puedo hacerlo, pero no sé si es muy común. Es un contacto indirecto, eso sí. ¿Cómo lo hago? Al usar el bastón lo movemos de izquierda a derecha. Si no hay nada delante, será un movimiento ligero, libre, sin trabas, pero si hay un obstáculo delante, el bastón se topará con él, ya sea un bordillo, un escalón, el hoyo de un árbol o el pie de quien esté delante (el abanico es amplio). Cuando se trata de un charco, digamos que cuesta más mover el bastón; el agua interfiere en la contera del bastón (la rueda que está en la punta del palo blanco) lo que me dice que hay un charco de por medio. La sensación es como… como cuando deslizas los dedos por encima de la superficie de la piscina, y mueves el brazo de izquierda a derecha, sin acabar de meter la mano del todo, solo las puntas de los dedos; en fin, que sientes como un ligero impedimento para hacer libremente el movimiento, una sensación ondulante propia del agua.

No, no puedo determinar en tales casos cuán profundo es el charco, o cuánto es de ancho, pero puedo tratar de esquivarlo con la técnica de ir moviendo el palo con cuidado, hasta que noto que ya no hay compresión. En fin, es un truco que me ha evitado meter el pie en los charcos más profundos, como mínimo.

Un puente táctil a la sociedad.

Lo que está claro, es que el tacto es más que una simple capa de piel con receptores sensoriales. Con él adquirimos confianza y seguridad y también nos ponemos en guardia ante el miedo o la repulsión. Nos alerta ante un peligro, excita ante una emoción… es, junto con el olfato, el único sentido que no podemos cegar, voluntariamente. Porque sí, puedes cerrar los ojos y fingir por un tiempo que no ves, taponarte los oídos y experimentar cómo es la vida sin audición, pero no puedes anular la sensibilidad de la piel e impedirle que deje de trabajar. Incluso sentados, sin hacer nada más que ver la tele o escuchar música, le estamos sacando partido táctil al momento, sin saberlo.

Tocar para empezar a componer.

Por todo ello, me atrevo a decir que el tacto es un árbitro de nuestras elecciones y nuestro comportamiento, un juez de nuestras interacciones sociales, aun siendo de un modo inconsciente, haciendo del exterior una verdad muy real y parte de nuestro mundo interior.

¿Y tú? ¿Conoces otra utilidad o truco o curiosidad sobre este sentido?

¡Deja tu tacto en los comentarios!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *