Cinco sentidos: El Tacto

El Tacto: nuestra mano derecha.

El tacto es un sentido que todos, absolutamente todos, tenemos a flor de piel. Tanta es su importancia que, sin él, directamente, no podríamos vivir. ¿Existir? sí; ¿sobrevivir? ¡Nanai! Hombres y mujeres, niños o mayores… todos usamos y explotamos el tacto desde el alba hasta el anochecer. Claro que un ciego o sordociego o mediociego, más. ¿Quieres saber cómo y cuánto y por qué? ¡Sigue leyendo!

Un sentido a flor de piel.

A diferencia de lo que ocurre con la vista o el oído, que cuando dejan de funcionar pasan a un segundo o tercer o quinto plano para quienes sufren de sus carencias, el tacto es fundamental para cualquier persona. Con el tacto agradecemos el calor de un abrazo, la protección de un ropaje, el confort del sol y las caricias del viento. Es el sentido que más nos acerca la realidad, y para ello se sirve del órgano sensorial más grande e imprescindible del ser humano: la piel.

Pensadlo bien. Con el tacto no comemos ni bebemos ni fumamos, no; pero sí sentimos, en cambio, el tenedor o el vaso o el pitillo que estamos agarrando y que nos estamos llevando a los labios, cubiertos de piel. Con el tacto no nos sentamos ni tumbamos ni andamos, no; pero sí sentimos, en cambio, la silla en la que nos acomodamos, la cama en la que descansamos y echamos la mona, la rotunda solidez del suelo bajo nuestros pies.

Gracias a la piel, el órgano a través del cual actúa el tacto, podemos tocar; sin ella ni siquiera podríamos hablar de tacto, para empezar, ni tendríamos conceptos como «tangible», «sentir», o «terminaciones nerviosas». Como buen órgano sensorial que es, la piel está conectada al sistema nervioso, y a base de impulsos nerviosos le transmite a las neuronas todos los datos que ha recabado en un solo roce. Las neuronas procesan, almacenan, y cotejan los nuevos datos con la información ya guardada, permitiendo que establezcamos una relación consciente con el medio que nos rodea, reconociendo e identificando lo que ya conocíamos.

Sin ir más lejos, los niños son maestros licenciados en ese campo. Prueba de ello es que se llevan a la boca todo lo que pillan en su camino, y no por hambre, precisamente, sino para obtener información de esa cosa que están explorando.

Un sentido muy capacitado.

Cinco son los sentidoscon los que cuenta todo ser humano al nacer, un lote sensorial que empiezan a trabajar incluso mientras berreamos a grito pelado, indignados por ese sitio extraño y seco y en absoluto tan cómodo como el útero de mamá, al que hemos ido a parar, a saber porqué; e incluso antes de que seamos claramente conscientes de esas cinco herramientas llamadas vista y oído y olfato y tacto y gusto.

Por ello, tocar, oír, oler, saborear y ver son actitudes (que no aptitudes) con las que nace todo ser humano. Una capacidad que convertimos en habilidad. Cinco instrumentos estrechamente vinculados con la fisonomía cerebral, que nos sirven y ayudan y guían, cada uno a su modo, en el campo del aprendizaje, el lenguaje, la coordinación, la memoria, la inteligencia espacial e incluso en la comunicación social.

Un sentido que cambia con la edad.

Pasan los años y, con ellos, crecemos, maduramos, envejecemos. Entre tanto, el modo en que tacto y vista y oído y demás sentidos trabajan para transmitirnos la información recabada, cambia. Un modo menos informativo, dicho sea de paso, cansado, desgastado y menos perceptible con la edad. ¿Tiene consecuencias para nosotros, en la práctica? sí, ciertamente, pues los detalles que antes nos saltaban sin problemas al sentido, van pasando desapercibidos cada vez más.

Un cambio sensorial que afecta a nuestro estilo de vida del momento, especialmente a la hora de involucrarnos en las actividades diarias (equilibrio, por ejemplo) comunicarnos con los demás (la hipoacusia o sordera, que se dice). A eso hay que añadir que, si bien tenemos piel de la cabeza a los pies, la sensibilidad y, por tanto, el tacto varían según qué zonas. La lengua, las manos y la cara son las partes que más receptor sensorial tienen, por descontado, mientras que en el pecho y los muslos y en algunas zonas de la espalda la sensibilidad no es tanta, y no porque la piel no está tan expuesta, sino sencillamente porque no disponemos de tantos receptores sensoriales por allí .

Resumiendo, que va perdiendo muelle, es decir, fuerza, a medida que nos hacemos mayores. Y para eso no hace falta llegar a ser viejos. A los dieciséis o dieciocho años en adelante comenzamos a perder, aunque a un ritmo tan sutil y casi mínimo que ni nos damos cuenta. ¿Triste, verdad?

El tacto: una fuente sensitiva.

El problema de los sentidos comienza cuando una de esas cinco actitudes naturales viene torcida o atrofiada o directamente deja de funcionar por el motivo que sea. Es entonces cuando se presenta la discapacidad, vestida de incapacidad para no sentir, no oír, no oler, no saborear y no ver. ¿Qué hacer en esos casos, entonces? Recurrir a otros sentidos para obtener la misma información que los demás. Como usar un segundo camino para llegar al mismo punto de encuentro, vaya.

En ese sentido, las personas ciegas o sordociegas o mediociegas (vamos, que tienen problemas graves de visión) tenemos al tacto como un tesoro inigualable, al ser nuestro recurso más recurrente para adaptarnos. Todo nuestro cuerpo es muy sensible (lo dicho, gracias a la piel) pero si hay una zona más sensible aún a la que echamos mano constantemente es, sin duda alguna, la mano, valga la redundancia. O mejor dicho, la punta de los dedos de la mano.

Un instrumento de lo más útil.

¿Serías capaz de contabilizar cuántas cosas notas en un solo movimiento de la mano? Ya te lo digo yo: no. Millones de gestos, cientos de poros nerviosos, cinco yemas y una inagotable capacidad de la mente y la memoria hacen de la mano un núcleo central como procesador de información e instrumento esencial para quien ve, y herramienta imprescindible para quien no. En ambos casos, resulta increíble la de cosas que tocamos a lo largo de un solo día y lo poco que se le pone conscientemente atención.

La diferencia principal entre el que ve y el invidente, al menos en cuanto al tacto se refiere, claro, es que nosotros nunca dejamos las manos en segundo lugar; antes bien, las elevamos a la potencia de «imprescindible», buscando y encontrando nuevas formas de servirnos de ellas, apañándonos para sacarle todo el jugo informativo que se pueda.

Para el cerebro eso se traduce en nuevas aptitudes nerviosas y musculares; para nuestro día a día, eso solo significa más agudeza y sensibilidad desarrollada, más concentración y dependencia en ese toque sensitivo, más rentabilidad a ese sentido explorado y explotado..

¿Tienen mejor sentido del tacto los ciegos?

No, no es que adquiramos habilidades táctiles superiores, es que recurrimos y confiamos mucho más en él, por tanto procesamos más deprisa la información que nos transmite, lo que nos permite reaccionar y actuar antes. En una sola palabra: aceleración. Aceleración para procesar un dato no visual.

¿Traducción? que no, que no es que desarrollemos más terminaciones nerviosas (eso es un mito); es que exigimos a nuestras terminaciones nerviosas ya existentes, que nos digan más, que nos chiven más, que nos guíen más. Para sobrevivir a la falta de visión, el cerebro nos compensa con una conexión neuronal táctil más rápida. Al final, practicando diariamente, concentrándonos e interpretando, hacemos del tacto no solo una actitud, sino una aptitud. Vaya, que al final le sacamos más fondo al armario de la adaptación, ante una discapacidad.

¿Se puede educar al tacto a pesar de ver?

¿Cualquiera podría hacer eso? ¿Exigir más información del tacto? Yo diría que sí, ya vea o no. El punto es estimularlo de una forma constante y correcta. Aunque, personalmente, creo que el resultado no sería igual de eficaz. ¿Y por qué? Por la sencilla razón de que, si ves, no tienes la misma necesidad y dependencia del tacto para conocer el mundo. Porque, seamos honestos, si ves, ¿Qué vas a hacer primero ante un entorno? ¿Extender la mano y tocar y luego mirar, o primero abrir los ojos y ver y luego ya, si te anima lo que ves, tocar? ¡Exacto! Es natural; es automático; es lógico.

Por ese mismo motivo hay diferencias también dentro del grupo de los invidentes, entre quienes tienen resto visual y quienes son ciegos del todo. El que tiene resto visual usa, como es lógico, ese resquicio, por pequeño que sea, mientras que el ciego absoluto no tiene esa opción. Es más, la evolución del tacto tampoco es la misma ni siquiera entre los ciegos y los sordociegos, por la sencilla razón de que los primeros cuentan también con el sentido del oído, para lidiar con un mundo mayoritariamente visual, mientras que los segundos tienen más dependencia al tacto, al usarlo como primerísimo mecanismo.

Después de todo, el tacto es el termómetro más sensible con el que cuentan nuestros sentidos, un buscador que calcula, mide, contrasta, guía… una auténtica mano derecha.

¿Y tú qué dirías?

Dado que el tema da para hablar más, seguiremos en el siguiente post, de lo contrario el artículo se convertiría en un tochón a manos llenas. Eso sí, no olvides dejar tu opinión abajo mientras tanto, ¡lo tocaré… ejem, leeré! ¡Así que comenta, comenta!

2 Comments

  1. Me encantó! Así como la gente que ve dice no darse cuenta del valor que tiene la vista hasta que recibe un zacudón, exactamente así me acabo de sentir al empezar a leer tu post! Jamás me había puesto a pensar en la gran importancia que tiene el tacto! cuánta información se perdería si careciéramos de este sentido!

    1. Pues no te pierdas la segunda parte! Está centra más en los ejemplos del uso del tacto con los ciegos. ¡Espero te guste también!

      Bienvenida nuevamente a la web (siempre es un placer decir esto, jeje). ¡Y gracias por leer y comentar!

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