Aprendiendo a Escuchar: La Ecolocalización en los Ciegos

Gracias al oído, los ciegos tenemos libertad de movimiento, y podemos orientarnos en el entorno que nos rodea. Es un método muy eficaz para ver sin mirar, casi como ver con los oídos y no a través de los ojos. La ecolocalización es un voto a favor de nuestra autonomía, y ahora veremos por qué.

¿Qué es la ecolocalización para un ciego?

Llamada también «ecolocación», la ecolocalización es la localización por el eco. Traducción: conocer el entorno mediante el uso de las ondas sonoras, ni más, ni menos. Es valerse del eco de sonidos en los obstáculos u objetos para orientarse, es usar una interpretación de lo que nos rodea a través de la percepción sensorial del oído para, de ese modo hacerse una idea de lo que, por ejemplo, nos espera más adelante.

Para los animales como los murciélagos o delfines o ballenas, ecolocalizar implica proyectar sonidos de alta frecuencia, volar y esquivar objetos aun sin ver, nadar aun sin ver, comunicarse entre sí y, desde luego, localizar a cientos de metros de distancia la comida e ir directo hacia su siguiente bocado para cazarlo.

Para los humanos, en cambio, significa una capacidad latente pero dormida, una cualidad no innata pero sí adquirida. Para las personas con discapacidad visual, no obstante, supone un apoyo, un refuerzo, un grado más de orientación dentro de su propia técnica de movilidad.

¿Cómo funciona el proceso?

Se emite un sonido. Ese sonido desprende ondas. Esas ondas impactan en el obstáculo u objeto. Y ese impacto produce eco… un eco que rebota y que vuelve al oído. ¿Qué ocurre a partir de ahí?

Que la información llega al cerebro, donde es almacenada, seleccionada, diseccionada y etiquetada para determinar qué se ha escuchado, cómo y cuánto. Resta, después, que la persona actúe preventivamente en consecuencia.

Esto solo funciona con cosas gordas, o al menos así es por norma general, es decir ante árboles y paredes y personas, principalmente, e incluso coches, nada de papeles en el suelo o farolas o volantes en la acera o cosas por el estilo. ¿Y por qué? Ecolocalizamos objetos u obstáculos grandes, sencillamente porque son los que más eco de ondas acústicas emiten, no hay más misterio.

¿Qué se necesita, entonces, para ecolocalizar?

Unos oídos, que capten el sonido y el eco, y un cerebro, para que procese y discurra la información.

Para ello, principalmente, hay que prestar atención a todo lo que capta y retiene el oído. Él es el sentido principal, quien distinguirá el eco que luego la mente analizará, quien nos dirá si el sonido proviene de delante, de la derecha o de la izquierda, quien nos dirá si hay una ausencia de pared y en cambio sí un espacio amplio, una calle colindante o callejón, una segunda ruta al doblar la esquina…

Y no, no es que podamos medir los metros exactos entre nosotros y el obstáculo u objeto en cuestión (dejémosles esa destreza a delfines y murciélagos) o al menos no, sin entrenamiento. Pero sí obtendremos una posición espacial aproximada, como medir la distancia al ojo, por decirlo de algún modo.

La ecolocalización no es cosa de magia.

Ni una habilidad extraordinaria ni ningún superpoder. Vamos, pero si ni siquiera llega a la categoría de sexto sentido, por favor. La ecolocalización es tan solo un complemento adicional, una herramienta más entre otras tantas a usar; un comodín imprescindible, sí, pero también indirecto, involuntario (generalmente) y a veces inconsciente, para la movilidad, la independencia y el conocimiento exterior.

Algunos estudios afirman que, ecolocalizando, podemos llegar a distinguir no solo metros y distancias, sino llegar a saber también a qué objetos y obstáculos nos enfrentamos: su tamaño, color, forma y material. Saber si la pared que tenemos a un palmo de nariz es rojo o gris, de ladrillo o granito, cuadrado o circular tan solo con el oído es… ¿cómo decirlo suavemente…? irrisoria, en mi humilde opinión.

La ecolocalización en humanos existe, eso es un hecho.

Y los ciegos somos una prueba palpable y tangible y minimizada de ello, eso es otro hecho. Pero hacer de ella un sinónimo de bastón blanco, hasta el punto de equipararla a la ecolocalización animal de los murciélagos o los delfines, por ejemplo, me parece tan erróneo como quienes la tachan de mito, qué queréis que os diga.

Cambiar la guía del bastón por la guía de los oídos ecolocalizando me parece una manera rápida de hincharse a base de golpes y caídas y tumbos de escaleras. Y una manera muy estúpida. Pero claro, es mi opinión. Y mi opinión es solo una entre cientos de opiniones, y ni siquiera la más importante (aunque sí una muy experimentada, ejem).

Así que si hay algún ciego en la sala que ecolocalice así, please, que dé un paso al frente, que, ¡oye! en Estados Unidos hay ciegos que hacen senderismo con bici, únicamente ecolocalizando… (Ajam). Está claro que atrevidos hay en todas partes.

¿Que con la localización del eco podemos sopesar el tamaño del objeto de delante? Hummm, yo más bien hablaría de su altitud, y dejaría su forma y grosor en manos de las manos o, por qué no, al simple hecho de rodearlo. ¿Clasificar el material del objeto? esto más bien sería distinguir si es un obstáculo natural o artificial, si sale de la naturaleza o de la invención de la población en vez de determinar si está hecho de hierro, madera  o piedra, que una fuente no suena igual que unos columpios, por ejemplo, igual que el chisporroteo del fuego no envía las mismas ondas que el chispazo de un mechero.

No es el supersentido de los superhéroes invidentes.

Lo repito una vez más: somos ciegos, no superhéroes; tenemos un sentido menos, no un sentido más; atendemos con más frecuencia a la información que cada uno de ellos nos transmiten; y los afinamos en todo lo que podemos, no lo explotamos a la potencia de magia o habilidad extrahumana. ¡No hagamos de la biología un sensacionalismo, hacedme ese favor!

¿Dónde y cuándo ecolocalizamos?

En todas partes, y a cada instante; desde que nos levantamos y hasta que le decimos «lindos sueños» a la almohada. Una ventaja que a los animales les viene por defecto y a los seres humanos, por el contrario, no, aunque que ciertas personas, los invidentes, principalmente, agudizamos con la práctica diaria.

Ecolocalizamos con la voz, con los chasquidos de dedos o lengua, los pasos e incluso el bastón. Ecolocalizamos en habitaciones, en pasillos, frente al muro de un edificio y en la calle. Ecolocalizamos al cruzar la carretera y al orientar la mano y recoger algo que se nos ha caído al suelo, por ejemplo, al ir detrás de una pelota con cascabel o al girar la cara hacia la voz de nuestro interlocutor, sin ir más lejos.

Y sí, Cualquiera puede hacerlo.

Y es que contrario a lo que podáis llegar a pensar, esta no es una capacidad exclusiva de quienes no ven. Cualquiera con un estable sentido auditivo puede hacerlo, videntes e invidentes; la diferencia es que los segundos prestan más atención, por eso de la costumbre y tal.

Me explico. ¿Verdad que no es lo mismo hablar en el baño que en la calle o en el interior de un coche o, vayamos un paso  más, con la boca metida en un vaso? No sonamos igual. ¿Verdad que cuando hablamos, el sonido de nuestra propia voz reverbera en el entorno de un modo distinto, según el tamaño del espacio en el que estamos y según si el lugar en el que hablamos está lleno o vacío? ¿Veis? Pues ya solo darse cuenta de esto es un principio de ecolocalización, aunque no lo creáis.

¿Os gustaría aprender a ecolocalizar?

Os invito a ir un paso más, entonces; a hacer la prueba. Id al salón de vuestra casa. Cerrar cortinas o bajad persianas, apagad luces y televisión o radio y otros aparatos hasta quedaros totalmente en silencio y a oscuras. ¿Ya estáis listos? Bien.

Ahora concentraros. Chasquead los dedos (o la lengua, aunque el primero es más efectivo). Quietos… Dejad que las ondas hagan su función, que el chasquido rebote en lo que os rodea… shh…  atended.

¿Nada…? ¿No habéis notado nada? Eso es porque es la primera vez; estáis demasiado acostumbrados a la vista. Tratad de practicar esa soledad a oscuras un minuto al día y veréis como, poco a poco, echaréis mano del oído y de lo que os está diciendo; y cuando empecéis a entenderle, empezaréis a actuar en consecuencia y a ecolocalizar.

La ecolocalización humana no nace, pero se hace.

Se entrena. De un modo autodidáctico, con más fallos que aciertos, quizá, pero con la reiteración por delante. Porque aunque la posibilidad (que no la capacidad) nos viene de fábrica, no empezamos a ecolocalizar de manera consciente hasta que nos vemos obligados a ello (con una pérdida de visión, bien temporal o bien definitiva).

Igual que un miembro atrofiado que necesita de rehabilitación y fisioterapia, o que un idioma que recién comenzamos a aprender, la ecolocalización (en los humanos) es algo que requiere sí o sí de práctica. De muchísima práctica. Solo con el uso y la repetición frecuente aprenderéis a emitir, recibir e interpretar el eco que las ondas de sonido crean en vuestro oído, y más tarde a distinguirlo en vuestro cerebro. ¿Qué pasará al final? Que lo haréis sin daros ni cuenta.

¡Probadlo!

Pero de verdad. Y comentadme luego vuestras impresiones y resultados. ¡Ánimo!

8 Comments

  1. Muy buen tema y muy bien explicado.
    Me encanta este texto, como tus anteriores, que ya he comentado.
    Gracias por representarnos tan bien, a los ciegos y por hacer los textos divertidos, al mismo tiempo, que interesantes.

  2. Hola, muy interesante y novedoso el tema… les felicito,
    Es importante practicar para enseñar y apoyar a las personas con discapacidad visual…
    Deseo seguir aprendiendo…. Gracias y felicitaciones

    1. Hola Rosario, bienvenida a la web!
      Me alegra que te haya gustado el tema pero, sobre todo, que desees aprender más. No dudes en pasarte y leer todo lo que pilles y preguntar todo lo que te surja.
      ¡Será un placer ayudar!

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