¿Cómo Guiar a un Invidente en la calle?

¿Cómo Guiar a un Invidente en la calle?: Consejo de la semana.

¿Quieres saber cómo guiar a un invidente en la calle? Te sitúo: «¿Estás perdido?» «¿Te echo una mano?» «¿Qué estás buscando?» «¿A dónde quieres ir…?» ¿Todo esto te suena, a que sí?

Ofrecer ayuda está muy bien. Y cuando realmente se necesita, buaaah, es como una mano caída del mismísimo cielo. Pero ¿sabéis realmente cómo ofrecerla? ¿Cómo guiar a un invidente en la calle? ¿Cómo ayudar correctamente al ciego de turno cuando te topas con él o ella en una plaza o sitio público? Pues bien, en el consejo de esta semana vamos a averiguarlo. No, es más, vamos a aprenderlo. Para cuando lleguéis al final de esta recomendación hecha guía, ¡vais a sentiros capaces ya no de guiar a un ciego, sino a diez! ¿Empezamos?

Paso Nº 1: Asegúrate de que necesita realmente tu ayuda.

Parece obvio decirlo, pero a la hora de cómo guiar a un invidente por la calle es importantísimo tener esto en cuenta. Por mucho que quieras echarle un cable, y por muy nobles que sean tus intenciones, lo educado, ante todo, es preguntar. No puedes (bueno, vale, sí, puedes; pero no debes, no) acercarte al ciego de turno y darle (que no ofrecerle) la ayuda que, crees, busca o necesita. Por la sencilla razón de que, uno, es imponer tu presencia a alguien que no lo precisa, y dos, es una presuposición con tufo a prejuicio.

Por eso, pregunta. Acércate con tranquilidad y pregunta: «¿Te echo una mano?» «¿Qué estás buscando?» «¿A dónde quieres ir?» Si no necesita nada, te lo dirá. Sin más ni más. «No es necesario, gracias». «Estoy bien, gracias». «Puedo, no te preocupes; gracias». O te soltará alguna otra frase parecida, con más o menos educación, eso ya según su persona.

Forzar una ayuda es incómodo. Quizá no para el que lo da, porque lo hace de buena fe, pero sí para el que lo recibe, porque no lo necesita. Y, de hecho, muchas veces, esa ayuda recibida a la fuerza despista, desorienta, de modo que lo que empezó siendo una noble intención, bien puede acabar al final en desastre.

Que alguien lleve un bastón blanco o perro guía no quiere decir que sí o sí esté buscando salvación, un ángel guardián que lo libere del atolladero en el que se ha ido a meter por el atrevimiento de ir solo por la calle.

Normalmente cuando salimos, sabemos dónde queremos ir y hacia dónde nos dirigimos. Así que en esos casos no, no necesitamos ayuda. Si nos hemos perdido o despistado o sencillamente sí queremos que nos echen un cable, somos nosotros quienes, en ese caso, pedimos la ayuda. «¿Este metro va en dirección…?» «¿Ya ha pasado / cuánto queda para que pase el autobús…?» «¿Podría indicarme dónde está / cómo llegar a esta calle…?» etc, etc.

Lo que es un hecho, es que cada invidente tiene su grado de autonomía. Un dato que hay que tener siempre presente a la hora de saber cómo guiar a un invidente por la calle. Hay algunos que no necesitan / quieren ninguna ayuda, otros que solo necesitan / quieren una ayuda puntual, otros que necesitan / quieren una ayuda más constante… las posibilidades son diversas, tanto como diferentes son las personas.

Lo que tú creas o consideres del grado de ayuda que esa persona invidente necesita, no importa; no importa en absoluto; por la sencilla razón de que es tu idea, tu creencia, tu opinión basado en tus propias y subjetivas valoraciones, y no en las valoraciones del invidente al que quieres ayudar, la principal persona implicada en tu amable oferta.

Entonces, ¿cómo salir de dudas? ¿Cuándo saber si ayudarle o no? Fácil. ¡Pre; gun; tan; do!

Paso Nº2: El modo de agarrarle correctamente.

Imagina que te encuentras con un invidente ante un cruce. Le preguntas si necesita un cable para cruzar y, ah, bien, dice que sí. Es ahí cuando entra el segundo paso que hay que tener bien claro en estas reglas de cómo guiar a un invidente por la calle. Porque, claro, ¿Cómo lo haces? ¿Basta con agarrarle de la mano y echar a andar…?

¡Pues no, más bien no!

De hecho, es él o ella quien debe agarrarse a ti.

Si sois de la misma estatura o similar, e incluso si es más bajo, debes dejar que ponga una mano sobre tu antebrazo o en la cara interna del codo, es decir, donde el brazo y el antebrazo se unen.

Esto es muy, muy importante. ¿Y por qué? Porque al colocarse así, y echar ambos a andar, tú, como guía, irás un paso o medio paso por delante, automáticamente, y lo estarás haciendo sin siquiera darte cuenta.

De esa forma, y gracias al movimiento de tu antebrazo, la persona ciega a la que guías sabrá, porque lo estará notando en todo momento, si subes o bajas, si giras a izquierda o a derecha, si tiras más a un lado que a otro. De ese modo, además, no tendrás que estar diciéndole: «ahora subimos, ahora bajamos; ahora viene escalón, ahora una rampa…». Tu brazo ya le está dando toda esa información, así que, ¡bah, ahórrate saliva!

Cómo guiar a un invidente y sentirse cómodo.

¿Aun con todo, sientes que su mano se escurre por tu antebrazo? ¿El toque es tan leve que crees que no se ha agarrado bien? Nah, solo es una sensación errónea que tienes; una impresión tuya, seguramente, basada en la creencia de que para estar bien sujeto hay que cogerse firmemente, con todos los dedos y articulaciones de la mano.

¡Relájate! En este caso, no es necesario hacerlo. Aunque, como siempre, la mejor forma de salir de dudas es preguntando, u ofreciendo más comodidad. «¿Vas bien?» «Puedes agarrarte sin miedo, no te preocupes». Desde luego, lo que no debes hacer, porque es bastante incómodo (e innecesario, dicho sea de paso) es apretar tú su agarre, llevándote el brazo, y con él su mano, a uno de tus costados / a un lado de tu cuerpo.

¡Eso; es; placar! Y no, por favor, no nos plaquéis el brazo. No somos viejos, ancianos o, si queréis el término bonito, «personas mayores». ¡Que usemos un bastón no significa que nos falte equilibrio! ¿Vale? Pues eso.

Si por el contrario es más alto que tú, ofrécele mejor el hombro. El agarre será suave, firme pero ligero. ¡Tranquilo que no se aferrará cual tenaza! La técnica a seguir será la misma. y la información de todos tus movimientos le llegará igual. ¿Por qué del hombro? Porque al ser más alto, el antebrazo tuyo le queda lejos, de ahí que el hombro, en ese caso, le venga mejor. Lo importante y esencial, repito, es que sea el invidente quien te agarre a ti; nunca al revés. ¡Nunca!

Paso Nº3: No cojas su bastón.

Si hay algo que no debéis hacer nunca, y repito, nunca, ¡nunca! es agarrarle del bastón.

A través del palo blanco, los invidentes usuarios del bastón recibimos información en todo momento del suelo que estamos pisando, información del tipo de suelo que nos espera en el siguiente paso, y el siguiente y el siguiente. Rastreando el suelo con el palo, detectamos salientes, escalones, bajadas, agujeros. Notamos si el suelo es liso o rugoso, si al lado continúa la acera o si empieza el carril bici o, peor, la carretera, si tenemos delante una farola o árbol, etc, etc, etc.

Agarrarnos del bastón es aislarnos de toda esa información, privarnos de todas esas alarmas del camino que transitamos. En otras palabras, es dejarnos más ciegos de lo que ya lo estamos, ¡que ya es decir! Es, para quienes veis, como si os tapasen los ojos y os dejasen en la completa oscuridad y, eah, os pusieran a caminar así por la calle.

Por mucho que haya una mano que te guía, te sentirás inseguro, torpe, desorientado… patoso. ¿Mal rollo, ¿verdad? Así que recuerda, nunca, jamás, ¡jamás! agarres a un ciego del bastón.

Paso Nº4: No te sobrepases.

Si un ciego te pide ayuda para algo, dale la ayuda que te ha pedido. Ni más ni menos. O si eres tú quien se la ha ofrecido y él o ella ha aceptado, cíñete a ello, a esa ayuda puntual, no más. Hacer lo contrario es sobrepasarse, es sobreproteger, es incomodar, es, de nuevo, imponerte, porque… ¿cómo decirte que ya no te necesita, cuando has sido tan amable de, antes, ayudarle? ¿Sería muy violento, ¿verdad? Pues ahorraos situaciones embarazosas para ambas partes.

¿Ya has cumplido con lo que te ha pedido, pero, aun así, quieres seguir ayudándole? ¡Genial! Entonces volvemos a la regla número uno: pregunta.

¿No sabía cómo llegar al andén X y le has orientado en la dirección correcta? ¡Genial! Pero te quedarías más tranquilo si no solo le indicas el camino, sino que, además, le acompañas hasta la parada, incluso le localizas un banco para que se siente, esperas a su lado la llegada del transporte público en cuestión y, cuando viene, le ayudas a entrar… Todo eso está muy bien… para ti. Pero antes de hacerlo, pregúntale a esa persona qué opina de esa ayuda extra que le quieres dar.

Dale la oportunidad de seguir eligiendo tu compañía. Quizá acepte de mil amores, quizá rehúse del todo, quizá diga sí por cortesía, quizá diga no con toda la educación… pero el caso es que será una decisión que hayáis decidido los dos, lo que os conducirá a una situación más cómoda para ambas partes.

Paso Nº5: No le grites.

¿Ves que se va a comer una farola? ¿Que está apunto de meter el pie en un charco? ¿Que se está acercando vertiginosamente al borde del andén? ¿Que se ha metido en un cruce peligroso y tiene coches pasando a toda pastilla a su alrededor? ¡¡¡No; le; grites!!!

Gritando, muchas veces, lo único que consigues es que se asuste más; que pegue un brinco, y con el brinco, que termine metiendo el pie en ese charco que le querías evitar; que su sobresalto acabe de bruces contra la farola, o, peor, que del susto sí se acabe precipitando al vacío del andén. Así que no, ¡¡¡no; le; grites!!!

¿Estás muy lejos y no vas a llegar a tiempo de apartarle del borde del andén o del peligroso cruce donde se ha metido? Pues en ese caso sí, grita. Déjate de contemplaciones y grita. Pero ¡ah, ojo! grita con inteligencia, con eficacia, escogiendo bien las palabras. Dale a tu mensaje gritado el toque de alarma y no de histeria, ponle contenido y sentido a tu chillido.

Porque no es lo mismo escuchar un grito de «¡¡¡EEEEH!!!!» «¡¡¡ALTOOOO!!!» que un grito de «¡¡¡CUIDADO, EL BORDE!!!» «¡¡¡NO TE MUEVAS, TE CRUZO!!!» o, directamente, «¡¡¡PARED, PAREEEED!!!»

Con el primer ejemplo pueden pasar dos cosas: uno, que no nos demos por aludidos. Después de todo, ese «¡¡¡EEEEH!!!!» puede ser para cualquiera, cualquiera. O dos, que nos pongamos nerviosos, que por el susto nos bloqueemos.

Con el segundo ejemplo, en cambio, reaccionamos. ¿Por qué? Un grito sobresalta a cualquiera. Pero tras el susto, el cerebro se pone a analizar por su cuenta qué ha escuchado. ¿Un grito? ¿Y qué decía el grito? ¿Y por qué lo decía…? Y es ahí cuando el mensaje, el grito con mensaje, el chillido con texto e información llega a buen puerto.

¿Lo veis? Al final el cerebro ha captado la información; de un modo inconsciente, nuestras neuronas han recibido la advertencia, así que activan las luces de neón y reaccionan, permitiendo que también nosotros reaccionemos, a veces a tiempo, a veces por los pelos, pero que reaccionemos de todos modos.

Entonces, ¿cómo guiar a un invidente en la calle?

¿Cuál es la manera correcta de guiar y ayudar a un ciego por la calle? Pues resumiendo las 5 reglas básicas: debéis recordar lo primero, que es ofrecer y no imponer, preguntar siempre si le puedes ayudar. Segundo, dejar que se agarre a ti. Tercero, no cogerle nunca del bastón. Cuarto, cíñete a la ayuda ofrecida, no te sobrepases. Y, por último, no le grites; y si al final lo vas a hacer, por lo menos convierte tu grito en un mensaje con información.

Como un ejemplo vale más que mil palabras (aunque este artículo tiene más de mil, ejem, ejem) os dejo un vídeo del canal donde podréis ver las formas incorrectas a evitar y las formas correctas para hacer. ¡Espero os guste! Y si es así, no olvidéis darle al like, comentar, suscribirse y… ¡estar atentos al blog para más contenido!

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